jueves, enero 26, 2012

Laberinto.

El amanecer me sorprendió sobre el Sena, en esa que consideré la noche más fria que había jámas conocido, nunca sabré si fue por el clima ventoso y humedo de invierno o por el sentimiento que me sobrecogia mientras vagaba entre los canibales que se apoderan del Montmartre en busca de alguna presa.

No supe como llegué allí, como crucé tantas calles sin siquiera percatarme, cuando reaccioné del letargo que adormecia mis sentidos me sorprendió estar parado en medio del Pont Neuf observando lo caudaloso que el río se encontraba esa mañana, corria veloz hacía los Campos de Marte, como si escapara de algo,  cuando escuché desde el fondo como un susurro mi nombre simplemente me asusté.

Corrí presuroso hacia el sur, sin rumbo, iba tropezando con los primeros caminantes que, con rostros pétreos, subian de las bocas del metro, una expresión severa era el común denominador, me pareció que iban disgustados por el frío que lo dominaba todo y una pertinaz llovizna que habia comenzado minutos antes, me dejé llevar por esa marea humana, pensando que durante ciertas etapas de mi vida me habia atraido practicar ese ejercicio: caminar, o más bien, dejarme llevar. En ese momento me pareció que la vida entera se me habia ido en medio de un caudal de personas.

Crucé el Luxemburgo hasta llegar al Montparnasse, encontrándome de improviso frente al gran muro que rodeaba su cementerio. Su entrada, como invitándome a trasponerla, me transportó a un mundo de iluminados, algo en el centro de aquel camposanto llamaba fuertemente mi atención, las paginas de un libro agitados por la brisa gélida de esa mañana me invitaban a acercarme.

Por extraño que parezca y a pesar de que lograba verlas desde cualquier punto no hallaba el camino que me llevara donde las hojas de aquel libro se agitaban, un laberinto... Alguien jugaba conmigo. Cuando al fin lo logré, comprendí que Cortazar no era un ser fácil de alcanzar, jugaba a la rayuela con quienes, como yo, de alguna forma eran llamados.

Tomé el libro en mis manos, abriéndolo al azar, buscando quizás alguna respuesta, algo que me diera a entender la razón de tantas cosas, tantas preguntas sin responder, me senté sobre el mármol que cubría su sepulcro y me entretuve leyendo por un momento las inscripciones que otros habían garabateado sobre el: "el capitulo 99 cambió mi vida", escribió alguien con un trozo de carboncillo, "porque tuve miedo y vine a ser consolado" escribió alguien más en trazos finos y cuidados. Me pregunté también que hacia allí, bajo esa llovizna, leyendo a Rayuela en París.

En ese preciso instante todo me fue revelado, para cuando terminé aquel capitulo al azar, que bien pudiera haber sido el primero o el último, las letras apenas se notaban, borrosas se disipaban empapadas entre mis lagrimas y aquel rocío interminable que me calaba los huesos.

Supe que faltaba mucho para que dejara de llover...

domingo, enero 01, 2012

Soledad.

El reflejo que el espejo devolvía de mi rostro estaba tachonado de arrugas, quice que fuera otro, quice adentrarme en las profundidades del universo desde donde provenía la imagen, forzarla  y modificarla a mi antojo.


Traté...


Traté, sin éxito...


Moví la cabeza de un lado a otro como el perro que busca arrancarse la modorra y observé impávido como mi imagen permanecía inmutable, joven ahora, recordándome quien era. Su rostro reflejaba la recriminación por los hechos de los últimos tiempos, la observaba con la vergüenza del alumno capturado en falta, detallé su rostro severo milagrosamente sin arrugas, pude inclusive percatarme que su mirada reflejaba la moral de otra época, la de los hombres duros, de rodillas pétreas que poblaban aquella cumbre basáltica que ascendía desafiando al bravío atlántico, siempre a punto de devorarla por su insolencia.


Me di cuenta de su intención, cómo era de esperarse para alguien nacido bajo la ética de otros tiempos, bajé los ojos.


Después de largo rato aún seguía allí, atormentandome con su severidad...


Hoy sigue allí.


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sábado, diciembre 17, 2011

Persiana.

La luz entró a borbotones a través de unas persianas que nunca dejaron que durmiera más alla del amanecer, la claridad del sol atravesaba con soberbia los parpados que rehusaban abrirse para percatarse de una realidad que trataba me fuera extraña, esquiva, impropia.

Un suspiro se dejó colar por entre las sábanas a través de mi cerebro aturdido que ya tenia la consistencia del cartón mojado, con lentitud quise despegar los parpados que se resistian a culminar la noche, alguna sustancia o fuerza extraña los hacia permanecer cerrados, clausurando mis sentidos.

Por segundos recordé flashes, rostros nocturnos, fantasmas siniestros que se movían en busca de placeres instantáneos, contemplaba casi en tercera persona los ojos extraviados de la rubia que observaba con una locura atónita la diosa oriental, que como regente, observaba desde lo alto a toda la fauna que esa noche poblaba los espacios de Suka. El olor de la hierbabuena de miles de mojitos que el gordo machacaba habilidosamente y otorgaba con el rostro complaciente de un rey magnánimo a sus súbditos que atestaban su barra, me embargaba.

El Dalai Lama había hecho su trabajo. Nublaba mi realidad haciéndola levitar por encima de todos los rostros que vibraban al son de los beats de Chemical Brothers repitiendo hasta el infinito:

"Hey Girls, Hey Boys, Superstar Djs, Here we go"

Los brazos alzados de la multitud se dejaban mecer al ritmo de esa montaña rusa -descendiamos - con los ojos muy abiertos, las bocas aspirando bocanadas de noche. Yo devoraba música, rostros, cuerpos, contemplaba impavido como la Dj de ropas colegialas y un rostro que me recordaba a Betty Boop se derretia a merced de las luces y del ritmo digital incorporeo, todo el universo se condensó en un único punto, un bing bang íntimo estaba a punto de acontecer, una singularidad personal, la sentía inminente, la contuve, para después, dejarme llevar.

Todo fue luz, movimiento, la sonrisa del gordo estaba en todos lados, los mojitos flotaban en el aire, pude beberlos todos, bailar con cada uno de los presentes, con ellas, con ellos, la humanidad entera la hice mia. En un ultimo segundo, como presagiando lo que vendría, todo se aquietó, el rostro de porcelana de la rubia extraviada lo inundaba todo, me fijé que sus dedos temblaban, estaba, al igual que yo, en su propia singularidad.

Abrí los ojos con furia, desesperación, observé aliviado siluetas, objetos y olores familiares, me tranquilicé al percatarme que mi cabeza reposaba en mi almohada de siempre, esa que realmente me conoce. Busqué con curiosidad el origen del suspiro, el rostro de Helena estaba tranquilo, presentí un sueño sereno, su belleza étnica llenó todo mi cerebro, absorbió la nocturnidad que aún rondaba por entre los pliegues del cartón que lo componía, su tranquilidad fue la mía... Sonreí.

No estaba extraviado, caí en cuenta que ella era mi refugio necesario, aquel que contenía mis mas bajos instintos, cerré los ojos queriendo congelar el tiempo, mi cabeza aun retumbaba, el día no iba a ser fácil.

Maldije la persiana, mil veces, cientos de miles...