miércoles, agosto 08, 2012

Rivales.


Lo vi cuando alzó su mirada apenas entré, hacia ya algún tiempo que, aunque siempre estaba allí garabateando sin cesar aquel papel arrugado con eternas anotaciones que a mi entender no llevaban a nada, en general no notaba su presencia. Hacía ya mucho que nuestras relaciones se habían roto definitivamente, debíamos soportarnos y desde hace algún tiempo habíamos aprendido a convivir juntos, pero aunque durante nuestra niñez y en nuestra temprana juventud podíamos de alguna manera sobrellevar nuestras diferencias, en la medida que fuimos creciendo, tomando caminos cada vez más disimiles, llegó un momento que simplemente apenas nos soportábamos.

No supe bien el porqué de esa mirada corrosiva, como de costumbre simplemente lo ignoré, traté de adivinar que escribía a lo que bajó la mirada imprimiendo a su escritura una fuerza que me decía claramente lo que siempre había pensado de mi, miré con desdén sus intentos por encumbrarse, una vez más, en aquellas alturas morales con que acostumbraba observar a quienes criticaba. 

Sonaron las llaves y sabía que era él, venía apurado, como siempre, concentrado en los miles de asuntos que su mente meticulosamente obsesiva organizaba en una especie de agenda que solo el comprendía, venía sudado, de nuevo, bajé la mirada mientras meditaba el por qué no terminaba de aceptar con algo de donaire los designios del calendario, que superficialidad. Extrañaba al amigo con quien podía conversar horas de lo humano y lo divino hasta que el sueño nos vencía, llegué a admirarlo, siempre me gustó la forma con la que podía en un instante sacarle la sonrisa al más serio de sus interlocutores, a mi me costaba tanto.
Me ensimismé de nuevo en mis pensamientos y volví a garabatear con furia el papel que soportaba todas mis frustraciones, que encausaba mis anhelos y que hacía, de laguna manera, realidad mis fantasías.

Me acerqué a él, lo observé con algo de curiosidad, dudando si debía o no romper el hielo que desde mucho antes de lo que podía recordar existía entre nosotros, ante esa aproximación me devolvió una mirada que mezclaba ira con insidia, llegué a un punto que sabía sin retorno, aquellos donde sabes que no hay posibilidad de retroceso alguno, donde debes imperiosamente seguir.

- Que escribes?

Le dije casi como comentario, bajando la mirada y observando sus uñas desbastadas en aquel desagradable hábito que yo había controlado hace mucho.

- Nada. Respondí. Por qué finges? Nunca nada de lo que escribo te ha interesado jamás o por lo menos así siempre lo he sentido.

- Eso no es realmente cierto, lo sabes, siempre me interesó, podría decir casi que admiraba lo que hacías, simplemente solo era un poco de envidia. De alguna manera herías mi autoestima.

Alcé los ojos y por primera vez, lo observé con detenimiento, estaba algo envejecido, descuidado quizás.

- Eso lo dices ahora, bien recuerdo tus críticas y la forma burlona con la que despreciabas tanto lo que hacía como lo que era.

Sostuve su mirada, difícilmente. El halo de seguridad que emanaba llegaba a mí, me afectaba.

- Sabes? Perdemos más de lo que ganamos con esta actitud, alguno de los dos debería ceder.

- Ceder? Creo que se a que te refieres, quizás querías decir que YO debería ceder.

Le dije está vez recalcando el pronombre, elevando el tono de manera que entendiera que estaba cansado de que fuera siempre el que debía darse por vencido, aceptar aunque no lo pensara, que estaba equivocado.

- No quise decir eso, ni traté de dar a entender nada parecido, más bien trato de expresar lo irracional de nuestra situación, traerlo sobre la mesa. No comprendes que nos complementamos? Que nuestras diferencias más que alejarnos, nos acercan? Nuestras virtudes también son nuestras carencias.

Le dije mirándolo fijamente, traté con la mirada de imprimir todo aquello que mis palabras no podían expresar. Bajó los ojos.

- Ya es tarde, lo sabes.

- Nunca es tarde.

Traté de hacer contacto con él, rocé su hombro con mi mano en un gesto que llevaba una carga emotiva almacenada durante tanto tiempo, sentí su estremecimiento...

Bajé la mirada, miré el papel arrugado que era mi salvación y porque no? También mi condena. Leí varias veces la palabra "estremecimiento", se repetía sin cesar en mi mente, no supe que hacer, como seguir, solo atiné a colocar puntos suspensivos, así quedó.

Levanté la mirada, el espejo reflejó un rostro, algo envejecido, descuidado tal vez.