Lo vi
cuando alzó su mirada apenas entré, hacia ya algún tiempo que, aunque siempre
estaba allí garabateando sin cesar aquel papel arrugado con eternas anotaciones
que a mi entender no llevaban a nada, en general no notaba su presencia. Hacía
ya mucho que nuestras relaciones se habían roto
definitivamente, debíamos soportarnos y desde hace algún
tiempo habíamos aprendido a convivir juntos, pero aunque durante
nuestra niñez y en nuestra temprana juventud podíamos de alguna
manera sobrellevar nuestras diferencias, en la medida que fuimos creciendo,
tomando caminos cada vez más disimiles, llegó un momento que simplemente apenas
nos soportábamos.
No supe
bien el porqué de esa mirada corrosiva, como de costumbre simplemente lo
ignoré, traté de adivinar que escribía a lo que bajó la mirada imprimiendo a su
escritura una fuerza que me decía claramente lo que siempre había
pensado de mi, miré con desdén sus intentos por encumbrarse, una vez
más, en aquellas alturas morales con que acostumbraba observar a quienes
criticaba.
Sonaron
las llaves y sabía que era él, venía apurado, como siempre, concentrado en los
miles de asuntos que su mente meticulosamente obsesiva organizaba en una
especie de agenda que solo el comprendía, venía sudado, de nuevo, bajé la
mirada mientras meditaba el por qué no terminaba de aceptar con algo de donaire
los designios del calendario, que superficialidad. Extrañaba al amigo con quien
podía conversar horas de lo humano y lo divino hasta que el sueño nos vencía,
llegué a admirarlo, siempre me gustó la forma con la que podía en un instante
sacarle la sonrisa al más serio de sus interlocutores, a mi me costaba tanto.
Me
ensimismé de nuevo en mis pensamientos y volví a garabatear con furia
el papel que soportaba todas mis frustraciones, que encausaba mis
anhelos y que hacía, de laguna manera, realidad mis fantasías.
Me
acerqué a él, lo observé con algo de curiosidad, dudando si debía o no romper
el hielo que desde mucho antes de lo que podía recordar existía entre nosotros,
ante esa aproximación me devolvió una mirada que mezclaba ira con insidia,
llegué a un punto que sabía sin retorno, aquellos donde sabes que no hay
posibilidad de retroceso alguno, donde debes imperiosamente seguir.
- Que
escribes?
Le dije
casi como comentario, bajando la mirada y observando sus uñas desbastadas en
aquel desagradable hábito que yo había controlado hace mucho.
-
Nada. Respondí. Por qué finges? Nunca nada de lo que escribo te ha
interesado jamás o por lo menos así siempre lo he sentido.
- Eso
no es realmente cierto, lo sabes, siempre me interesó, podría
decir casi que admiraba lo que hacías, simplemente solo era un poco de envidia. De alguna manera herías mi autoestima.
Alcé
los ojos y por primera vez, lo observé con detenimiento, estaba algo
envejecido, descuidado quizás.
- Eso
lo dices ahora, bien recuerdo tus críticas y la forma burlona con la
que despreciabas tanto lo que hacía como lo que era.
Sostuve
su mirada, difícilmente. El halo de seguridad que emanaba llegaba a
mí, me afectaba.
-
Sabes? Perdemos más de lo que ganamos con esta actitud, alguno de los dos
debería ceder.
-
Ceder? Creo que se a que te refieres, quizás querías decir que YO debería
ceder.
Le dije
está vez recalcando el pronombre, elevando el tono de manera que entendiera
que estaba cansado de que fuera siempre el que debía darse por vencido, aceptar aunque
no lo pensara, que estaba equivocado.
-
No quise decir eso, ni traté de dar a entender nada parecido, más
bien trato de expresar lo irracional de nuestra situación, traerlo sobre la mesa. No
comprendes que nos complementamos? Que nuestras diferencias más que alejarnos,
nos acercan? Nuestras virtudes también son nuestras carencias.
Le
dije mirándolo fijamente, traté con la mirada de imprimir todo
aquello que mis palabras no podían expresar. Bajó los ojos.
- Ya es
tarde, lo sabes.
- Nunca
es tarde.
Traté
de hacer contacto con él, rocé su hombro con mi mano en un gesto que llevaba
una carga emotiva almacenada durante tanto tiempo, sentí su estremecimiento...
Bajé la
mirada, miré el papel arrugado que era mi salvación y porque no? También mi
condena. Leí varias veces la palabra "estremecimiento", se repetía
sin cesar en mi mente, no supe que hacer, como seguir, solo atiné a colocar
puntos suspensivos, así quedó.
Levanté
la mirada, el espejo reflejó un rostro, algo envejecido, descuidado tal vez.