lunes, mayo 19, 2014

Crónicas del desarraigo #1

Crónicas del desarraigo #1

El café humeante quemaba mi mano mientras observaba el techo del aeropuerto de Barajas en aquel viaje relámpago que hice a Barcelona para tener un encuentro necesario e intimo con su ciudad; su Rambla, sus librerías y sobre todo con Gaudí, quería literalmente, bañarme en su genialidad. 

Caminaba pausadamente, mi hija leía un libro que había llevado para estas esperas necesarias sentada a la puerta del vuelo que nos llevaría a Barcelona, la pantalla frente a ella mostraba la indicación "demorado", la espera podía ser larga, al menos tenía a Sartre a la mano, un café y ese magnifico techo que se extendía hasta el infinito.

A lo lejos pude observar un grupo de coterraneos que entonaban aquella canción que mezcla playa, desierto y montaña mientras despedían a otros que se embarcaban en el mismo vuelo en el que habíamos llegado.

Me detuve.

Escuchando aquel villancico que, en general, hace brotar las lagrimas de aquellos que, por más razones que causas, han decidido poner océanos por medio (Si, solo océanos, aunque mal se piense, aunque no se crea; solos los océanos pueden, ni las carreteras sirven para ese propósito) de esta tierra de gracia me pregunté:

Que de noble tiene el Araguaney? 
Que le debemos a un árbol? 
En que parte de esa geografía hay un volcán?

Volteandome desanduve los pasos, quería alejarme de esa escena, me preguntaba sin entender la necesidad de enaltecer el fracaso disfrazandolo con la exuberancia de la naturaleza. Si, viajé, cruce estados, pisé pueblos nulos, ciudades poco amables, llegué a apreciar el macizo verde que constituía el paisaje común de nuestras carreteras, la selva tropical que lo devora todo ante la desidia del hombre. También vi mucho analfabetismo funcional y existencial, una parodia de nación, un simulacro de espíritu.

Se supone que uno debe sentirse orgulloso de eso, no?
Se supone que debemos sentir nostalgia del Riko Malt, de la Susy, del Ponche Crema? El chauvinismo como formula e idiosincrasia.

Apuré mis pasos, la silueta de mi hija, su cabellera, ya se podía vislumbrar en el horizonte, percibí sus rasgos que también eran míos. 

Me sentí feliz, tuve una razón para estar orgulloso, para tener fe en el futuro.