sábado, octubre 29, 2011

Fue un sábado

Caracas ciertamente es una ciudad complicada para transitar en motocicleta, quizás ese adjetivo no llegue a describir con perfecta exactitud lo que es el tráfico de está ciudad; caótico es probable que si lo haga, en mi caso, cruzar de un sitio a otro entre hileras de carros casi detenidos por un embotellamiento perenne a una velocidad vertiginosa lo hacia una experiencia casi mística.

Al principio temía por mi vida, un conductor descuidado o alguien concentrado mas en su teléfono que en el camino podían hacerme pasar un mal rato, pero como ya me habían advertido, hasta de los riesgos mortales llega a acostumbrarse el ser humano, comprendí, en ese momento por primera vez, la razón por la que un soldado puede quedarse dormido en plena batalla.

Aquel día no era precisamente uno caracterizado por un tráfico infernal, era una mañana sabatina de cielos limpitos y brisa fresca que caracteriza el clima del invierno tropical, el día perfecto para pasear en moto, esos momentos que hacen de esa actividad algo inolvidable.

La señora entrada en años frenó de golpe, verla pasar a alta velocidad por mi lado momentos antes discutiendo casi a gritos por teléfono me hizo tener un mal presagio, mi experiencia me hizo reaccionar casi de inmediato y escapé del golpe por un pelo, sentí el tiempo espesarse a mi alrededor, lo atravesé rasgandolo como si portara un filoso cuchillo al tiempo que giraba la cabeza para ver a aquella que había detenido mi corazón por instantes, vociferé una maldición hacia mis adentros.

Siempre estuve enamorado de Cristina, con un amor limpio y puro de esos que se sienten una sola vez, la conocí de improviso, cuando menos te lo esperas, sentí que independientemente de lo que ocurriera después iba a ser muy difícil olvidarme de ella, prácticamente imposible. Hacia tiempo que no nos encontrábamos, más del que podía recordar, aquella mañana por primera vez nos sentábamos a conversar sin la presión de la gente a su alrededor, quería hablar con ella de todo, de todos, me sentia pleno y feliz. El tiempo transcurría a su lado como la brisa fresca que se sentía la mañana de aquel sábado, ella me recordaba que era hora de volver, que ya era tiempo, su insistencia me desilusionó, quizás lo que sentía no era recíproco pero no perdía las esperanzas, le pedí volver a encontrarnos pronto, accedió con una sonrisa triste replicando inmediatamente que seguramente así seria, que dependía de mi, me prometí no dejar pasar mucho más tiempo sin hacer que ocurriera, el próximo sábado tendría una nueva cita, todo solo podía mejorar en el futuro.

Al incorporarme a la avenida principal me encontré con un mar de carros achicharrandose bajo el sol, un estacionamiento, maldije con desdén a una Caracas que hacia tiempo había dejado de ser amable y comencé mi victoria íntima al sortear el tráfico por sobre aquellos que tenían la desdicha de esperar a que el vehículo que tenían delante avanzara, un poco ahora, luego otro poco, me imaginaba la vida de los conductores yendose por un sumidero mientras se encontraban atrapados en cápsulas de latón, yo no, me desplazaba veloz entre ellos pensando en Cristina, en el próximo sábado, en que vernos tan fatuamente no me llenaba, quería estar con ella, salir con ella por siempre, para siempre.

La gente se detenía a observar el porqué del tiempo perdido, ya se habían aglomerado decenas de personas para observar al accidentado, el morbo es una deformación propia y decadente del ser humano, aunque mi condición de motorizado había hecho que obviara de forma automática los accidentes a los que yo diariamente me exponía no pude evitar ver como se coloreaba de rojo carmesí el asfalto, frené inmediatamente al notar la sudadera fresca que llevaba el cuerpo inerte al que todos rodeaban, era mi favorita de los días soleados, ver una señora entrada en años gritando desesperada me hizo recordar el momento exacto en que, como un puñal que te atraviesa, me había enterado que Cristina se había ido, un accidente de tránsito la había alejado de mi lado, hacia ya tanto.

Comprendí la suerte que me tocó vivir, poco a poco se iba dibujando una mueca en mi rostro pensando en los que dejaba, quedando suavizada instantes después al percatarme que ello solo seria por un breve instante y que Cristina ya nunca más estaría lejos de mi.

Volví raudo a su lado, zigzagueando entre carros a su encuentro, para siempre está vez.

lunes, octubre 24, 2011

Ruido...


De nuevo...

Estaba cansado del ruido, nunca había sabido desde cuando me habían molestado los ruidos que mi camioneta, por uso o abuso, empezaba a producir. Ruidos cíclicos, constantes, casi indolentes, no podía aceptar que mi fiel transporte, otrora nave silenciosa, se estaba quedando viejo. Me preocupaba por el cómo el hijo se preocupa por los achaques del padre obviando los propios. Cuando lo creía vencido ahí estaba de nuevo, cada vez más ruidoso, más agudo, más suplicante.

Suplicante?

Acaso un ruido podría estar suplicando? Suplicando que? El solo hecho de considerarlo me preocupaba, había conversado de ello decenas de veces con mi terapeuta:

- No, los objetos no te piden nada, son inanimados, es tu autoestima la que te juega una mala pasada - decía el.

- Si? Pero es casi real, replicaba, casi puedo sentir que me habla, que algo intenta decirme, me perturba.

- Debes aprender a lidiar con esos sentimientos, hay medicación que te podría ayudar.

- No quiero medicación, pensaba mientras lo miraba con rostro de aprobación, quiero simplemente que no suene  más.

Lo había probado todo: apretar, engrasar, ajustar, había consultado varios profesionales, cientos de páginas web, decenas de talleres especializados, horas y horas de mi vida perdidos en pos de una sola razón: acallarlo.

Casi siempre probaba algo nuevo, siempre una pagina web no visitada me traía un procedimiento novedoso para solucionar lo que para otros era un simple problema mecánico, lo había probado todo y por algunos días en mi rostro se reflejaba la sonrisa de quien ha vencido secretamente para luego convertirse en un rictus de derrota cuando indefectiblemente, a los pocos días, anunciaba con apenas un susurro su regreso.

Me di por vencido...

Pensé, al fin, seguir los consejos de mi terapeuta y entregarme a sesiones interminables, evaluando el porque, el como y cuando habían comenzado a molestarme esos ruidos, que significaban y que podia esperarse e ellos. Al poco tiempo y durante cierto período trate de que no me importara, confiaba en que los medicamentos y la terapia me ayudarían pero el ruido se acrecentaba, se hacia más agudo, llegué a pensar que era a propósito, que conocida de mis esfuerzos, hasta que un día simplemente no pude más. Mi camioneta daba alaridos, chirriaba, producida ruidos nunca antes escuchados por mi... Estallé...

Grité con toda mi alma, mi corazón, maldije y golpee, de pronto súbitamente el ruido cesó por completo. No entendí lo que ocurría, quedé en una pieza al sólo considerar que me había obedecido, a los pocos minutos un rumor, comenzó de nuevo a escucharse, era apenas perceptible, era más bien un lamento, cómo alguien que sufre en silencio hasta que no puede más y se queja de su dolor pero sin querer despertar en otros la curiosidad ni la alarma.

De improviso me asomé debajo y por primera vez lo contemplé, me miraba con los ojos de aquel que se siente abandonado a su merced, del que no es tomado en cuenta, comprendí al fin que los ruidos no eran tales, eran lamentos que sólo podían ser acallados con atención y cuidados como el perro fiel que gruñe ante su amo para que le preste la atención debida. Cada cierto tiempo me asomaba sigilosamente para comprobar su estado, nuestros ojos se encontraban por momentos, ya no denotaban angustia sino paz, el sosiego de quien se siente querido.

Sobra decir que abandoné doctores y pastillas, todo estaba claro. Ahora, conozco todos los talleres, sus dueños me ven con ojos que revelan hastío, cansancio de un cliente que exige constantemente acallar ruidos que para otros son perfectamente normales, inclusive naturales.

Para mi no. No puedo ser tan insensible...

viernes, octubre 21, 2011

Rey por un segundo.

Esa mañana tuve una de mis primeras epifanías...

Eran las cinco de la mañana, nunca había sabido el porqué pero siempre me había gustado ver el amanecer, observar como la claridad devoraba - a dentellada limpia - la siniestralidad de la noche, hasta ese día donde la razón de ello me fue revelada.

Observé desde mi ventana las calles vacías, adivinaba con certeza el rumbo y los ocupantes de los pocos carros que transitaban por ellas, seres difusos, hijos de la noche que huían de una claridad que no les era propia, esperando la oportunidad que la oscuridad les brindaría doce horas después para reclamar venganza.

Me di cuenta que estaba solo, conmigo mismo, solo en la ventana de una Caracas que amaba y odiaba a la vez, como un rey necesita y aborrece a su pueblo, lo que le tocó ser.

Me percaté por primera vez que era amo y señor de la ciudad, los pueblos, campos, emperador de los países por la que a bien tendría en ese preciso momento el huso horario indicar que era el amanecer. Sabia, conocía, podía prever donde estaban cada uno de los súbditos de ese vasto imperio momentáneo, algunos dormían plácidamente, a otros sus pesadillas les arrancaban sudor y gritos, algunos huían de la noche, todo era mio, era omnisciente,  omnipresente, cuasi omnipotente.

Mi reinado terminaría pocos segundos después, cuando el primer vecino con pasos apurados dejaba escuchar su puerta, el segundo hacia correr agua por una tubería que siempre avisaba de su funcionamiento justo encima de mi ventana. La caída de mi imperio fue inevitable.

Nubes de voces, gritos, pasos, cornetas, sonidos miles llenaban la tranquilidad de mi otrora señorío, miles de cuadros de Munch inundaban ahora mi realidad.

Todo había terminado...

Mi padre con voz autoritaria me recordaba mis deberes, mi futuro que es hoy, lo que seria y nunca fue, a partir de entonces y hasta dentro de veinticuatro horas volvía a ser el súbdito de otros emperadores, el vasallo de otros reinos, para, a la mañana siguiente, florecer de nuevo por un segundo. 

Aun hoy...



jueves, octubre 20, 2011

Un dictador menos

Esta mañana fue como aquellas donde el cereal tiene un sabor a justicia, será programado? Porque estas noticias siempre son al amanecer?

Si, Gadafi el gobernador de facto de Libia fue muerto o asesinado por las tropas rebeldes que con esto culminaron la conquista del poder.

Más allá de entrar en una discusión infinita y ciertamente estéril sobre si fue justificado o no y si el futuro post-Gadafi será más luminoso para los Libios me sorprendió mi actitud ante el hecho, ciertamente no tengo nada que ver con los Libios, nunca me interesó su cultura o su historia pero aún así sentía un alivio en mis espaldas.

La única conexión entre ese  personaje y su narrador radica en que Gadafi al igual que Chávez han permanecido y piensan permanecer en el poder indefinidamente - bueno, ya Gadafi no piensa - basados en la certeza de que están iluminados por la providencia para llevar a todo un pueblo a un destino que sólo ellos conocen y en la utilización de artimañas, legales o no, para lograr ese cometido.

Por un momento imaginé esos hechos no en Sirte sino en Barinas, en los Llanos de Apure o en la mismísima Caracas, esbocé una sonrisa hasta que el olor del musli me devolvió a la realidad no sin antes tener la certeza de que nuestro Gadafi en ese preciso instante estaba subiéndole un frío incomodo desde los pies al pensar en su futuro cercano.

Corregirá? Aprenderá que el silencio es más peligroso que la verborrea que caracterizaba a ambos (aún recuerdo la afirmación del exlider Libio indicando que la huida a Sirte fue una retirada estratégica) y que los perros que no ladran SI muerden?

Esperaremos a ver si la próxima vez el cereal no me despierta de mis ensoñaciones...

Retomando lo perdido...


Hace mucho tuve un blog, hace más tiempo del que quizás quiera reconocer. En aquella época aún se podía escribir en un casi perfecto anonimato, hoy es mucho más difícil, las redes sociales se han encargado de quitarle a la web un encanto, un espacio, que otrora promovía la liberación de una creatividad encerrada, muchas veces, dentro de un perímetro definido por principios éticos y morales demasiado rígidos, por el contrario, a su vez liberaba en muchos las más bajas deformaciones.

Quizás hasta esto haya evolucionado para mejor, quien sabe, hasta no hace demasiado algunos aún predicaban que el Internet era una moda pasajera: la mamá de las predicciones fallidas.

Esto en un ensayo, quizás el retomar algo que consideraba perdido, una necesidad de expresar algo más de lo que hoy nos permite tanta red social junta.

Veamos como nos va, no prometo nada...