Dejé mi lecho aun caliente en aquel hotel acogedor que había podido conseguir en la Bismarckplatz, una verdadera ganga, enfilando mi rumbo en dirección al sol que apenas se dejaba ver en esa mañana de abril, la luz le daba a los ocres ladrillos del puente centenario que cruzaba transversalmente al río un aspecto monumental.
Me fui con un trote ligero hacia el paseo
que discurría plácido al borde del río y me hice acompañar por otros
que a su vez aprovechaban los primeros días de primavera para sacudirse la
modorra invernal, claro, mas apropiadamente vestidos, a mí el frío ya me
calaba los huesos.
Me impresionaban los colores vividos que el sol le daba a todos los
objetos, comprobé personalmente como la luz puede jugar con las sombras para
producir matices sorprendentes, un sentimiento de felicidad me iba embargando
en la medida que me acercaba al puente, punto donde había pensado girar a la
margen opuesta del río, los arcos que lo conformaban producían un efecto que
solo había observado en fotos nocturnas aplicando técnicas e iluminación
adecuadas, todo parecía tan irreal pero tan tangible, el viento frío hacía
estragos sobre mis labios advirtiéndome que lo que veía
no era producto de un sueño.
Crucé con un sol que ya había despedazado cualquier vestigio de una noche ya extinta deteniéndome a
contemplar el cauce que descendía mansamente a través de la ciudad, me
sorprendió, justo debajo, un canoista solitario que remaba volteado hacia mi
mientras avanzaba en sentido contrario, no entendí muy bien el placer de ese
deporte que le daba la espalda a su camino.
En ese momento noté la presencia de quienes, al igual que yo, se encontraban en ese sitio.
Estaba rodeado de rostros labrados bastamente a cuchillo, hombres
antiguos, los de verdad, miraban conmigo las luces del amanecer que despuntaba a sus espaldas, trataban de ver como el sol, que avanzaba a través de esa mañana, iba cambiando los colores, los contrastes que modificaban inclusive el aspecto de los objetos. Vi hordas
celtas, legiones romanas, tropas del Kaiser y ejércitos del Tercer Reich apiñándose
como podían sobre el puente, sus ojos, ahora ciegos por una muerte
innoble que no les correspondía, no se resistían al llanto al comprobar aquello que yo si lograba
admirar, les fue arrebatado sin razón la alegría de ese amanecer, de todos
los amaneceres, hasta la eternidad.
Allí me percaté claramente de algo que muchas veces las preocupaciones, ambiciones o la rutina no te permiten: nunca es un buen día para morir ni hay causa demasiado noble para aceptarlo.
Allí me percaté claramente de algo que muchas veces las preocupaciones, ambiciones o la rutina no te permiten: nunca es un buen día para morir ni hay causa demasiado noble para aceptarlo.
Porqué vivir es tan bonito.-

No hay comentarios:
Publicar un comentario