Traté...
Traté, sin éxito...
Moví la cabeza de un lado a otro como el perro que busca arrancarse la modorra y observé impávido como mi imagen permanecía inmutable, joven ahora, recordándome quien era. Su rostro reflejaba la recriminación por los hechos de los últimos tiempos, la observaba con la vergüenza del alumno capturado en falta, detallé su rostro severo milagrosamente sin arrugas, pude inclusive percatarme que su mirada reflejaba la moral de otra época, la de los hombres duros, de rodillas pétreas que poblaban aquella cumbre basáltica que ascendía desafiando al bravío atlántico, siempre a punto de devorarla por su insolencia.
Me di cuenta de su intención, cómo era de esperarse para alguien nacido bajo la ética de otros tiempos, bajé los ojos.
Después de largo rato aún seguía allí, atormentándome con su severidad.
Hoy sigue allí.
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Le dicen vida...
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