Esa mañana tuve una de mis primeras epifanías...
Eran las cinco de la mañana, nunca había sabido el porqué pero siempre me había gustado ver el amanecer, observar como la claridad devoraba - a dentellada limpia - la siniestralidad de la noche, hasta ese día donde la razón de ello me fue revelada.
Observé desde mi ventana las calles vacías, adivinaba con certeza el rumbo y los ocupantes de los pocos carros que transitaban por ellas, seres difusos, hijos de la noche que huían de una claridad que no les era propia, esperando la oportunidad que la oscuridad les brindaría doce horas después para reclamar venganza.
Me di cuenta que estaba solo, conmigo mismo, solo en la ventana de una Caracas que amaba y odiaba a la vez, como un rey necesita y aborrece a su pueblo, lo que le tocó ser.
Me percaté por primera vez que era amo y señor de la ciudad, los pueblos, campos, emperador de los países por la que a bien tendría en ese preciso momento el huso horario indicar que era el amanecer. Sabia, conocía, podía prever donde estaban cada uno de los súbditos de ese vasto imperio momentáneo, algunos dormían plácidamente, a otros sus pesadillas les arrancaban sudor y gritos, algunos huían de la noche, todo era mio, era omnisciente, omnipresente, cuasi omnipotente.
Mi reinado terminaría pocos segundos después, cuando el primer vecino con pasos apurados dejaba escuchar su puerta, el segundo hacia correr agua por una tubería que siempre avisaba de su funcionamiento justo encima de mi ventana. La caída de mi imperio fue inevitable.
Nubes de voces, gritos, pasos, cornetas, sonidos miles llenaban la tranquilidad de mi otrora señorío, miles de cuadros de Munch inundaban ahora mi realidad.
Todo había terminado...
Mi padre con voz autoritaria me recordaba mis deberes, mi futuro que es hoy, lo que seria y nunca fue, a partir de entonces y hasta dentro de veinticuatro horas volvía a ser el súbdito de otros emperadores, el vasallo de otros reinos, para, a la mañana siguiente, florecer de nuevo por un segundo.
Aun hoy...
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